Ceuta responde con convivencia frente al odio.
Hay momentos en los que una ciudad escribe una página de historia. Ceuta lo ha hecho estos días.
No ha sido una lección de política partidista. Ha sido una lección de convivencia, de serenidad y de dignidad frente a quienes pretendían convertir el dolor de las personas en un espectáculo político.
Mientras algunos viajaban cientos de kilómetros buscando enfrentamiento, los ceutíes respondían con calma. Mientras algunos agitaban el miedo para convertirlo en votos, la inmensa mayoría de los ciudadanos defendía aquello que ha caracterizado siempre a Ceuta: la convivencia entre personas de distintas culturas, religiones y orígenes que se sienten orgullosamente españolas.
Lo ocurrido estos días no puede analizarse sin mirar más allá del Estrecho. Marruecos vuelve a demostrar que está dispuesto a utilizar la inmigración como instrumento de presión política. Cuando seres humanos son empleados como moneda de cambio en un conflicto diplomático, todos perdemos como sociedad. Si finalmente se confirman las cifras que han trascendido sobre las víctimas mortales, estaremos ante una tragedia humana insoportable. Ningún interés político justifica jugar con la vida de personas desesperadas.
España, además, llega a esta crisis en un contexto internacional especialmente complejo. El Gobierno de Pedro Sánchez ha mantenido una posición clara en defensa del Derecho Internacional. Ha denunciado con firmeza la tragedia humanitaria que vive Gaza y ha sido uno de los primeros dirigentes europeos en exigir el fin de la ofensiva militar del Gobierno de Benjamin Netanyahu. Mientras otros callaban, España levantó la voz frente a lo que muchos juristas, organizaciones internacionales y millones de ciudadanos consideran un genocidio contra el pueblo palestino.
También defendió la legalidad internacional cuando Estados Unidos decidió atacar Irán, una actuación ampliamente cuestionada por numerosos expertos en Derecho Internacional. España volvió a apostar por la diplomacia frente a la guerra.
A ello se suma la política energética desarrollada por nuestro país. Los acuerdos alcanzados con Argelia para garantizar el suministro de gas y mejorar las condiciones energéticas de España responden al interés general de los españoles y refuerzan nuestra autonomía estratégica.
Todo ello ha situado a España en el centro de importantes tensiones internacionales. Defender la paz, rechazar las guerras ilegales, condenar las masacres y proteger los intereses energéticos nacionales tiene consecuencias. Pero precisamente para eso están los gobiernos: para defender a su país incluso cuando resulta incómodo.
Sorprende, por ello, que algunos dirigentes de la derecha europeas hayan preferido utilizar esta situación para desgastar al Gobierno español antes que mostrar solidaridad con un país que constituye una de las principales fronteras exteriores de la Unión Europea. Resulta especialmente llamativo el comportamiento del Gobierno de Giorgia Meloni, cuando España ha apoyado en numerosas ocasiones a Italia en la gestión de la inmigración y en la defensa de las fronteras comunes. Incluso cuando Donald Trump despreció públicamente a Meloni, Pedro Sánchez defendió la necesidad de respetar a los gobiernos democráticos europeos y mantener la unidad frente a las presiones exteriores.
Pero si algo ha quedado en evidencia durante estos días ha sido la estrategia de la extrema derecha europea y española. Alimentar el miedo sigue siendo su principal herramienta política. Convertir la inmigración en un enemigo, difundir bulos y enfrentar a unos ciudadanos contra otros forma parte de una estrategia perfectamente diseñada. El gobierno de España ha pedido una reunión inmediata de Europa para abordar esto y poner coherencia ante casos similares y futuros.
Uno de los mayores engaños consiste en hacer creer que regularizar a inmigrantes que llevan años viviendo y trabajando en España provocará una inmigración descontrolada. Es falso. Regularizar no significa abrir las fronteras. Significa reconocer la realidad de miles de personas que ya están aquí, que trabajan, que no han cometido delitos y que dejarían de formar parte de la economía sumergida para cotizar, pagar impuestos y contribuir plenamente al sostenimiento del Estado.
En España tampoco han faltado quienes han querido sacar beneficio político del conflicto. Vox, Alvise Pérez, Vito Quiles y el grupo de extrema derecha Núcleo Nacional, junto a determinados medios de comunicación, como okdiario y plataformas digitales, intentaron convertir Ceuta en el escenario perfecto para la confrontación.
Pero se encontraron con algo que probablemente no esperaban.
Se encontraron con Ceuta.
Y Ceuta respondió.
Respondió rechazando el odio. Respondió rechazando a quienes pretendían importar el enfrentamiento desde la península. Respondió diciendo que no necesitaba salvadores de fin de semana ni agitadores profesionales. Respondió defendiendo su modelo de convivencia.
Especialmente significativo fue el discurso del presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, del Partido Popular, defendiendo la convivencia entre comunidades y rechazando los mensajes de odio. Al igual el discurso sereno y contra el odio del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, además dando instrucciones a fuerzas y cuerpos de seguridad para ayudar y proteger a los inmigrantes en su regreso a casa.
En momentos como estos, ese tipo de liderazgo institucional merece ser reconocido por encima de las diferencias políticas.
La ciudadanía ceutí ha demostrado una enorme madurez democrática. Ceuta ha dicho con claridad que no permitirá que nadie rompa una convivencia construida durante generaciones entre cristianos, musulmanes, judíos e hindúes. Ha recordado que la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza.
Después de unos días especialmente difíciles, la normalidad vuelve poco a poco.
Pero la gran lección permanecerá.
Han perdido quienes pretendían enfrentar a unos españoles con otros. Han perdido quienes viven del miedo, del bulo y del enfrentamiento permanente. Han perdido quienes convierten el sufrimiento humano en propaganda electoral.
Ha ganado Ceuta.
Ha ganado la convivencia.
Ha ganado la democracia.
Y, una vez más, España ha demostrado que puede defender con firmeza sus fronteras, sus intereses y su seguridad sin renunciar a los principios que la definen como una democracia europea: la paz, el Derecho Internacional, la dignidad de las personas y el respeto entre quienes piensan diferente.
Cuando pase el tiempo, probablemente no se recordará a quienes fueron a sembrar odio. Se recordará a un pueblo que supo responder con serenidad y unidad.
Porque, al final, la verdadera victoria no pertenece a ningún partido político.
Pertenece a Ceuta.





















