Páginas

Buscar en este blog

22 may 2026

Nos está quedando una democracia con demasiada gaseosa

 Por Justi Muñoz 

Nos está quedando una democracia con demasiada gaseosa. Una democracia rebajada, desgastada por el ruido constante, por el enfrentamiento permanente y por una utilización de las instituciones que cada vez genera más desconfianza en la ciudadanía.

El poder político y el poder judicial deberían caminar juntos en la defensa de la democracia y del Estado de derecho. El Gobierno y el Parlamento tienen la responsabilidad de legislar, debatir y construir mayorías que fortalezcan el sistema democrático. Y los jueces demócratas —que seguramente son la mayoría— deben impedir que la justicia se convierta en una herramienta de lucha política.

Pero también la sociedad tiene una responsabilidad. Debemos educar en democracia, tanto en las aulas como en la calle. Porque una democracia sólida necesita ciudadanos que crean en las instituciones, aunque las critiquen y exijan que mejoren.

Sin embargo, cada día se percibe más una justicia con distintas velocidades y diferentes varas de medir.

Ahí están casos como Gürtel, Kitchen o el caso Montoro. Especialmente llamativos fueron los audios relacionados con M. Rajoy y Cospedal, mientras algunos jueces parecían actuar más como abogados defensores que como garantes imparciales de la ley.

En otros asuntos, como el de Ayuso y su pareja, se producen situaciones difíciles de entender para la ciudadanía: se aparta al presidente del PP que hablaba públicamente del caso y los procedimientos se dilatan mientras informes de la UCO siguen sin aparecer.

También sorprenden determinados contrastes judiciales. Aldama, procesado por una estafa relacionada con hidrocarburos, permanece en libertad, mientras Cerdán está en prisión preventiva sin que todavía se conozca claramente el alcance de los hechos que se le atribuyen.

Los antecedentes tampoco ayudan a generar confianza. Los procesos contra Podemos basados en informaciones falsas, el caso de Mónica Oltra o el de los ERE dejan demasiadas preguntas abiertas y alimentan la sensación de que algo necesita revisarse en el funcionamiento de la justicia.

El juicio relacionado con las mascarillas contra Koldo, Aldama y Ábalos también deja imágenes difíciles de explicar. A uno se le solicitan cuatro años de condena y a otros veinticuatro, mientras otros contratos similares han quedado prácticamente impunes, incluso con precios más elevados que los cuestionados en este caso.

A ello se suman procesos como el juicio al fiscal general o las causas abiertas contra Begoña Gómez y el hermano de Pedro Sánchez, procedimientos que para muchos ciudadanos parecen más ejercicios de desgaste político que investigaciones con fundamento sólido.

Se juzga a Zapatero, pero no a Aznar con un negocio de viviendas montado desde los fondos buitre, entre otros muchos.

Por eso resulta legítimo que muchos ciudadanos observen con escepticismo determinadas actuaciones judiciales y se pregunten si realmente todos los procesos responden únicamente a criterios jurídicos objetivos.

Y el problema es que todo esto tiene consecuencias profundas. No solo afecta a las personas investigadas, a sus familias o a los partidos implicados. También erosiona la credibilidad de las instituciones. El barro permanente, los bulos difundidos diariamente y la crispación política constante están haciendo mucho daño.

A la desafección hacia la política se empieza a sumar algo aún más peligroso: la pérdida de confianza en la justicia.

Necesitamos volver a unir a la sociedad alrededor de un proyecto democrático común. Recuperar el valor de la política útil, la que propone ideas y soluciones reales para la gente. Defender una justicia independiente y respetada. Y recordar que la inmensa mayoría de servidores públicos, tanto jueces como políticos, cumplen honestamente con su trabajo.


España tiene fortalezas enormes. Somos un país que lidera muchos avances en Europa, que ha sabido responder a crisis difíciles y que mantiene una voz relevante en el escenario internacional. Hemos demostrado capacidad para afrontar problemas sanitarios, económicos y sociales con responsabilidad y solidaridad.


Por eso, si de verdad nos consideramos patriotas, deberíamos empezar por defender nuestro país de los bulos, de la manipulación y de la política del “todo vale”. Porque una democracia no se destruye de golpe: se va vaciando poco a poco, hasta quedarse solo con la gaseosa.

7 may 2026

Bernardino, el fraile nacido en Minaya que lucho contra las injusticias en el siglo XVI.

Por Justi Muñoz 

Fray Bernardino de Minaya: El Minayero que cambió la historia desde el corazón de La Mancha 

​Hay historias que parecen destinadas al olvido, pero que contienen la semilla de la libertad universal. Para todos los que nos sentimos orgullosos de nuestras raíces, hoy quiero hablaros de un minayero que, en el siglo XVI, se enfrentó a los hombres más poderosos de su tiempo para defender una idea sencilla pero revolucionaria: que ningún ser humano merece ser esclavo.

​Hablamos de Fray Bernardino de Minaya, una figura cuya importancia ha sido rescatada magistralmente por el historiador Daniel Sánchez Ortega en su obra “Fray Bernardino de Minaya y su tiempo”, fuente principal de este relato.

​Un minayero en la vanguardia de la justicia

​Bernardino nació en nuestra Minaya (Albacete) hacia 1485-1489. Tras profesar como dominico, su destino cambió en 1527 cuando marchó a las Indias. Allí, en México y Nicaragua, no solo se dedicó a la fe, sino que se convirtió en el principal enemigo de la "evangelización a golpes".

​Su valentía fue asombrosa. Se atrevió a viajar al Perú para encarar al mismísimo Pizarro. Armado solo con las ordenanzas del Emperador, consiguió detener incursiones militares y frenar la esclavitud de muchos indígenas. ¿El precio? Los colonizadores le retiraron el sustento y tuvo que sobrevivir de limosnas mientras era repudiado por sus propios compatriotas.

​El desafío al Emperador y el triunfo en Roma

​El momento cumbre de su vida llegó cuando el Consejo de Indias ordenó la venta de diez mil indígenas como esclavos. Bernardino, indignado, cruzó el océano. Al no encontrar al Rey en España, y gracias a la mediación de la Emperatriz, partió hacia Roma para ver al Papa Paulo III.

​Bernardino convenció al Papa con la verdad de lo que había visto. El resultado fue la famosa Bula Sublimis Deus, un documento que hoy es la base de los Derechos Humanos. En ella, el Papa sentenciaba:

"Los indios son verdaderos hombres... no pueden ser privados de su libertad por medio alguno... y no serán esclavos".

​Un castigo que valió una libertad

​Bernardino fue un estratega audaz: envió la Bula directamente a los obispos de América antes de que el Emperador Carlos V pudiera detenerla. Aquel "desplante" a la corona le costó caro. El Emperador logró anular la bula meses después y Bernardino fue recluido dos años en un convento y condenado a predicar en la cárcel de Valladolid, prohibiéndosele volver a América.

​Sin embargo, el "daño" a la injusticia ya estaba hecho. Su texto influyó en las Leyes Nuevas y en los escritos de Francisco de Vitoria en Salamanca, padres del Derecho Internacional moderno.

​Un legado de orgullo para Minaya

​Fray Bernardino murió en el olvido oficial, pero su obra sigue viva. Nosotros, minayeras y minayeros, debemos reivindicar su nombre. No fue solo un fraile; fue el hombre que demostró que desde un pueblo de Albacete se puede tener la fuerza moral para cambiar las leyes del mundo.

​Como bien recoge Daniel Sánchez Ortega en su estudio, es hora de que la Historia con mayúsculas le devuelva el lugar que le corresponde. ¡Un precursor de la libertad nacido en nuestra tierra!

Fuente: Basado en las investigaciones de Daniel Sánchez Ortega en su libro "Fray Bernardino de Minaya y su tiempo".

https://muydeminaya.jimdofree.com/patrimonio-cultural-personajes-y-hechos-hist%C3%B3ricos/personajes/fray-bernardino-de-minaya/